domingo, 27 de septiembre de 2015
lunes, 16 de febrero de 2015
Quién mejor
QUIÉN
MEJOR
Disclaimer:
Los personajes a continuación no me pertenecen, son del universo de Sir Arthur
Conan Doyle y la adaptación de la BBC.
Warning:
Spoilers de la 4ª temporada.
Characters:
Sherlock & John. Pareja establecida.
Rating:
K+
Mi aportación al International Fanworks Day 2015. Es complicado
imaginar a Sherlock idolatrando a otro ser humano o descarga sináptica que no
sea suya. Más raro le resultó a John.
Fish and Chips, porque comer
palomitas está sobrevalorado.
—¿Qué haces, amor?
—Esperar que dejes de llamarme
como una ciudad a la inversa.
El doctor obvió el comentario a
las tres de la mañana. Se había desvelado, sintiendo un inmenso vacío a su lado.
Atravesó descalzo el conocido pasillo de Baker Street y ahora estaba apoyado en
el marco de la puerta viendo cómo su marido prácticamente se comía la televisión.
Frente a sus ojos, un detective
victoriano se hacía dueño y señor de la pequeña pantalla.
—¿Y eso? —musitó John
sorprendiéndose.
—Spoiler
—rio Sherlock entre dientes.
---
Buen día/tarde/noche
a todas las personas que me leen.
Espero que les guste
este relato tan cortito, es para ustedes.
¡Disfruten!
domingo, 9 de septiembre de 2012
Insomnio Cap. 7
Cap. VII Polilla a la llama
Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.
John Watson no
puede dormir. Sabe que en la habitación de abajo Sherlock Holmes está tendiéndose
en su cama, con los ojos cerrados, pero despierto.
No puede
dormir porque sabe que Sherlock va a usar esos elegantes pantalones de pijama
de seda verde y su albornoz de seda gris. John sabe que la seda cubrirá los delicados
huesos de Sherlock como un velo.
Esta noche
John no puede dormir, no por los terrores de sus sueños. Esta noche John no
puede dormir por el terror de encontrarse despierto y solo en su habitación del
ático. Los tres metros más o menos que lo separan de Sherlock bien podría ser
la distancia desde el comienzo hasta el final de los tiempos. Porque es una
distancia de John nunca puede atravesar.
John no puede
dormir porque sabe que Sherlock es la ardiente y brillante llama y él es la
opaca polilla marrón revoloteando a su alrededor. Eventualmente será quemado en
el brillo de la llama. Pero todo valdrá la pena, aunque sólo sea por el breve
tiempo en el que puede extender la mano y tocar.
No puede
dormir porque sabe que lo que está pensando no es, por sus propias normas, seriamente
bueno.
Cada noche,
cuando John Watson no puede dormir trata de recordar cómo era su vida antes de
conocer a Sherlock. Y cada vez recuerda el negro mundo de la desesperación, sin
llama para guiarlo, ninguna posibilidad de ser quemado por la luz, porque sólo
había oscuridad. Cada vez lo recuerda, y poco a poco se queda dormido.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Cómo unir a una pareja en dos pasos
- Ellos se quieren - dijo John
bajando el periódico.
- ¿Qué? - contestó Sherlock volviendo
de sus pensamientos.
- Mycroft y Lestrade.
- ¿Otra vez con eso, John? Desde
que estamos juntos no dejas de ver parejas en todas partes - bufó.
- Vamos, seguro que hasta tú
puedes verlo... Bueno, puede que no - se corrigió ante la mirada de incredulidad
de su compañero. - Tengo un plan. Nos dividiremos el trabajo. Yo se lo diré a
Lestrade y tú a Mycroft. ¿Bien, no? Pues voy a vestirme.
John prácticamente huyó antes de
que Sherlock pudiera oponerse.
El rubio salió de casa sin ver a
su novio. Supuso, o más bien esperó, que estuviese llevando a cabo su cometido.
Y se dirigió al suyo.
Llegó a Scotland Yard, pero
Lestrade no se encontraba allí. No le gustaba la idea de decir este tipo de
cosas por móvil, pero tampoco la de esperarle hasta que volviera y, por
supuesto, dejarle un recado a su secretaria estaba descartado. Así que le mandó
un mensaje.
Mycroft necesita de tus servicios. Contacta con él cuando te sea
posible - JW
Al darle a enviar pensó en el
posible doble sentido del mensaje, pero ya no podía borrarlo, así que levantó
los hombros ante ese pensamiento y se fue a casa. ¿Cómo le estará yendo a Sherlock?, pensó.
Sherlock se encontraba a las
puertas de la mansión de Mycroft. La seguridad estaba de cambio de turno, así
que aprovechó para entrar por la puerta de servicio. No se veía a nadie. Mejor, pensó Sherlock.
Ya estaba en la casa, pero no
tenía nada pensado. ¿Qué haría para llevar a cabo el propósito de John? Y su
mente se iluminó.
- Un contenedor de basura, eso es
- musitó.
Llamaron a la habitación de
Mycroft, y al abrir la puerta, éste se encontró un regalo de un metro por metro y medio, con un lazo enorme
y un gran PARA MYCROFT escrito con
rotulador. Lo abrió allí mismo, la intriga era demasiado grande para esperar. Y
su sorpresa resultó ser mayor que su intriga...
- ¿Un contenedor de basura? - soltó
enarcando una ceja.
Y al comenzar a abrir la tapa,
Sherlock salió como un resorte, con un cartón en las manos que decía:
LE GUSTAS A LESTRADE, y un número de teléfono justo debajo. Mycroft
cogió el cartón al vuelo, cuando su hermano lo tiró al aire antes de deslizarse
grácilmente por la barandilla de la escalera.
Se quedó mirando el cartón,
acostumbrado ya a las excentricidades de su hermano, y marcó en el móvil con
una sonrisa... ¿Lestrade? Soy Mycroft. ¿Estás
libre...?
Cuando Sherlock llegó a casa,
John se encontraba tumbado en el sofá, medio dormido. Se tumbó a su lado,
haciendo un hueco con su cuerpo para que el ex-militar pudiera reacomodarse.
- ¿Habrá funcionado? - preguntó
John contra su pecho.
- Seguro - respondió Sherlock
sumergiendo su cara en el dorado pelo.
Cosmopolitan
Era
sábado. No había casos. Nada en la televisión. El mundo parecía más aburrido
que de costumbre...
Sherlock
empezó a tocar su violín, pero la melodía que emitía era tan estridente que era
más que evidente su desesperación.
- ¡No puedo
más! - gritó John levantándose del sillón con brusquedad.
Sherlock paró
en seco, con cara de no entender su reacción.
- ¿No te gusta
tanto la música? Pues nos vamos al karaoke - dijo más exasperado que de
costumbre, dirigiéndose hacia su habitación, no dando lugar a ninguna
respuesta.
- ¡Vamos,
vístete! - volvió a gritar sacando la cabeza por el umbral de la puerta.
Sherlock
resopló sonoramente.- John y sus fantásticos planes - dijo en voz baja. Y fue a
su habitación a cambiarse de ropa.
- Cutre - no
tardó en decir Sherlock, nada más ver la puerta del karaoke.
- Espérate a
entrar por lo menos - suspiró John.
- Cutre - dijo
de nuevo al ver el interior.
John respiró
profundamente y se dirigió hasta una mesa libre que había divisado. Sherlock le
seguía, observándolo todo.
- Dos
Cosmopolitan y el libro de canciones, por favor - pidió el mayor al primer
camarero que localizó.
- Está bueno -
dijo John ante la cara interrogativa de su compañero.
Sherlock miró
para otro lado, disimulando una sonrisa.
- ¿Qué quieres
cantar? - le preguntó el rubio, enseñándole el libro de canciones.
Sherlock se
volvió, y mirando fijamente los ojos de John, señaló una al azar.
- Ésta - dijo
simplemente.
Los cócteles
llevaban un rato en la mesa, pero Sherlock no bebería hasta que lo hiciera
John.
- Salud - dijo
el rubio alzando la copa. Sherlock la chocó con la suya, con una falsa sonrisa.
Se veía a la legua que no estaba cómodo, al contrario que John, que parecía estar
en su salsa viendo cantar a unas chicas de al lado.
- ¿Y desde
cuándo te gustan estos sitios? - preguntó Sherlock, molestó al sentir que John
no estaba pendiente de él.
El mayor
volvió a mirar a su compañero. Estaba...
¿celoso? No, no podía ser.
- Desde que
vine con una ex - dijo mirando la pantalla. Pudo ver la mueca de enfado de
Sherlock por el rabillo del ojo, y bebió de su cóctel, aún en su mano, con
satisfacción.
Sherlock le
imito. El sabor no parecía desagradarle.
No tardaron
demasiado en acabárselos, esperando su turno para cantar.
- Otros dos
por aquí - pidió John al mismo camarero, mientras le explicaba al moreno la
mecánica del sitio.
Y cuatro
pasaron a ser ocho, y ocho dieciséis.
No quedaba un ápice
de sobriedad en sus cuerpos cuando les tocó cantar. Y además, una canción de
enamorados. El destino parecía también haber bebido demasiado.
La canción fue
un completo desastre. Normal, teniendo en cuenta que ninguno de los dos sabía
cantar.
Cuando ésta
acabó, John corrió al baño. Tenía demasiado líquido en su interior. Sherlock le
siguió. Pero John se equivocó, y Sherlock con él, yendo a parar al baño de
señoras.
Al entrar,
John resbaló con un pintalabios olvidado en el suelo, cayendo al suelo. Y
Sherlock, como un dominó, cayó sobre él, acabando desparramados por el suelo.
Después de
reírse durante un rato, se quedaron en silencio, mirándose.
Sin saber porqué,
John cogió el causante de su caída, justo a su lado, y pintó los labios del
moreno de un rojo intenso.
Sherlock no
opuso ninguna resistencia. Ni tampoco cuando John lo cogió de los brazos para
ayudar a levantarle, y se quedaron frente al espejo.
Ni tampoco
cuando abrió su camisa sin prisa para, una vez su torso estuviera libre,
escribir sus sentimientos en él con el pintalabios tan certeramente puesto en
su camino.
Te quiero,
podía leerse en el reflejo del espejo.
Te quiero,
pudo leerse en el dulce sonido de sus labios al tocarse.
En todo el
tiempo que llevaban allí no había entrado ni una sola persona...
Un hijo para John
John se despertó en
mitad de la noche, pero no por una de sus pesadillas. Simplemente se le acabó
el sueño.
Sherlock no estaba a su lado. No
era para preocuparse, pero decidió buscarle. Y lo encontró en el baño,
mirándose muy de cerca en el espejo.
- Sherlock, vuelve a la cama - le
dijo envolviéndole la cintura. Ahora ambos se miraban en el espejo.
- Me hago viejo, John - dijo
Sherlock en un melancólico hilo de voz.- Y no puedo darte el hijo que tanto
quieres.
Los ojos de Sherlock se rindiendo
a las lágrimas, que buscaron consuelo en el hombro de John. Su corazón se
desgarró. Ver a su amigo, su novio, su vida, destrozado de aquella manera, le
partía el alma.
- Vamos a la cama, Sherlock -
dijo de nuevo, sonando casi como una súplica.
Sherlock no tenía fuerzas para
nada, y menos para contradecir a John. Y volvieron juntos a su dormitorio.
Ya en la cama, John abrazó a
Sherlock contra él con todas sus fuerzas, tratando de absorber su pena, aunque
él tuviera la suya propia.
- Encontrarás una solución,
Sherlock. Siempre lo haces - dijo dándole un beso en sus densos rizos.
Pasaron los minutos y se fueron
quedando dormidos. Tal era su sueño que en el reloj sonaron las doce del
mediodía cuando John abrió los ojos, un poco sobresaltado.
- Sherlock. Sherlock, despierta -
dijo casi entre susurros acariciándole la mejilla con suavidad.
- ¿Se está quemando la casa? - farfulló
aún muy dormido.
- ¿Y si tienes un hijo con mi
hermana? - preguntó John con un tono de voz esperanzado.
- No voy a acostarme con tu
hermana, John. Yo soy gay, ella lesbiana, yo te quiero a ti, y no me da la gana
- respondió Sherlock con los ojos aún cerrados.
- Sherlock, despierta, que no me
estás entendiendo - pidió John volviendo a acariciarle la mejilla.- No tienes
que acostarte con ella, sólo darle tu semen. El niño se parecerá a los dos,
porque es mi hermana. Aunque eso es una tontería, da igual a quién se parezca,
lo vamos a querer igual. Además, Harry hace mucho que no bebe, así que todo
está bien. Bueno, falta preguntárselo, pero seguro que dice que sí. O bueno, tú
puedes convencerla. Seguro que puedes... ¿Qué contestas?
- Una idea grandiosa. No me
equivoqué cuando dije que eras el mejor conductor de luz - contestó Sherlock
abriendo mucho los ojos. Puedes empezar con todas las gestiones. Sólo una cosa.
La cara jubilosa de John se tornó
dubitativa.
- ¡Déjame dormir! - dijo Sherlock
cerrando los ojos de nuevo y girándose, dándole la espalda a John. Pero John no
se enfadó. Le dio un beso en el hombro y se durmió en un abrazo. Sabía que
Sherlock estaba encantado con el plan. Sólo necesitaba dormir.
- Te quiero John - dijo Sherlock
en sueños.
- No tanto como yo - dijo John
aún un poco despierto.
Sueño de una noche
Sherlock
Te despiertas. En realidad no has
dormido. No tienes sueño. Estás acostumbrado. Vas al salón, pero no hay nadie.
Es tarde. ¿Qué hora será? No tienes reloj, pero no importa. Vas a su
habitación. La puerta está abierta. Puedes verle hecho un ovillo. Parece tener
frío. Te acercas y tocas su frente. Está ardiendo. No sabes bien qué hacer, tú
no eres el médico. Abres el armario lentamente, para que no se despierte. Te
falla la muñeca y una manta cae sobre tu cabeza. Giras para comprobar. Sigue
dormido. Suspiras y recoges la manta que se ha caído. La estiras sobre él y te
metes debajo, tumbándote a su lado. Le abrazas, compartes tu calor en ese
abrazo.
Son las seis y está amaneciendo.
Pronto abrirá los ojos y no quieres que te vea ahí, a su lado, en ese abrazo. Ha
dejado de temblar, se pasó toda la noche temblando. Tocas de nuevo su frente.
No hay rastro de fiebre. Te escurres entre sus brazos, que ahora te abrazan. Le
cubres con la manta y vuelves a tu cama. A tu solitaria cama.
El cuerpo es un lacayo que al
cerebro obedece. Tu cuerpo te obedece, siempre lo ha hecho.
Entonces,
¿por qué ahora se rebela? Piensas ya en sueños. No sabes cuánto durará esto,
esta situación que amas y odias al mismo tiempo. No puedes saber hasta cuándo
aguantará tu cuerpo, pero sí que por John arriesgarías todo y más en el
intento.
John
Notas el calor del sol en
tu espalda. Te notas pesado, te giras y ves la manta. Miras directo a la
puerta. No puede ser, susurras, pero vas hacia ella. Sigues caminando, llegas a
su habitación. La puerta está cerrada, pero la abres igualmente, con sigilo,
con precaución. Lo encuentras estirado, muy estirado, tanto que puedes ver su
costado, lastimado. Te arrodillas a su lado, determinas que no es grave, pero
sigues preocupado.
Un movimiento, su brazo, te
atrapa con descaro. No puedes moverte, sus ojos han empezado a verte. Puedes
verte en ellos, cada vez menos lejos. Aceptas una invitación no formulada, al
menos con palabras. Se acurruca en tu pecho, suave y lento. Acaricias su
ondulado y hermoso cabello.
No sabes cómo empezó esto, cómo
cada día los mismos movimientos. Le ves dormir. No importa. Nada importa. Puede
que mañana todo cambie, que no se estremezca en tu cuerpo. Que se aleje como
extraño al sentimiento, y te aferras a este momento. No le dejarás partir, no
le dejarás hacerlo.
Insomnio Cap. 6
Cap. VI Todo bien
Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.
John está en
su tercera pesadilla en dos horas. Sherlock se sienta, abrazando su pijama por
las rodillas en el tramo de escaleras que conducen a la habitación de John. Se
sienta en silencio, escuchando, casi sin respirar, oyendo cada giro que John
hace en la cama, cada pequeño grito, cada inhalación brusca. De alguna manera,
él sabe que éste es el peor sueño que John ha tenido desde hace mucho.
Durante el
día, cuando está corriendo al lado de Sherlock, las pesadillas, los monstruos
infantiles, las inseguridades adultas, sólo no son lo suficientemente rápidas.
Pero por la noche, cuando está solo en la quietud del sueño, lo alcanzan.
Finalmente
Sherlock escucha a John gritar. Un sollozo, voz tosca que no suena como John en
absoluto. Una vez que le hizo una pregunta, este grito de por la Noche fue su
respuesta.
"Oh Dios,
por favor déjame vivir". Y Sherlock sabe lo que John está soñando. Y sabe
que sólo tiene que abrir la puerta y detenerlo.
John está
acurrucado como una bola, con los brazos protectoramente sobre su cabeza. Su
camiseta se pegó a su cuerpo por el sudor, el cabello pegado a su cuero
cabelludo como si acabara de salir de la ducha. Como Sherlock pone sus brazos
alrededor de él puede oír, sentir, el corazón de John latiendo contra sus
costillas, mientras sube y baja entre sollozantes bocanadas de aire.
"¿John?
John, está bien. Fue sólo un mal sueño." John se desenrolla y mira a
Sherlock, sus ojos todavía no focalizan completamente, todavía tratando de
encontrar la realidad en las ruinas de su pesadilla. Lentamente traga y asiente
y entonces baja la mirada, sus ojos de repente se llenan de vergüenza.
"¿Por qué
no vas y tomas una ducha?"
John termina
su ducha, lavando el olor de sus sueños lejanos y sustituyéndolo por el supuesto
olor a selva. Al salir del cuarto de baño su dedo del pie topa con algo suave
en el suelo. Limpia los pantalones del pijama, los únicos con las caras
sonrientes.
Sherlock está
tendido en el sofá, inmóvil y pálido como un mármol Elgin.
"Erm... ¿gracias?"
John aún está avergonzado, sin saber qué lata de gusanos deductivos está
abriendo el cerebro Holmes acerca de él.
"Todo bien
John, todo, está todo bien." Sherlock sonríe y cierra los ojos.
"Duerme un poco."
Insomnio Cap. 5
Cap. V La manta
Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.
Cuando
Sherlock se sentó en Angelo’s esa primera noche y le dijo a John que él no
estaba interesado en Las Mujeres, en Los Hombres, en Variaciones de los Mismos,
en Cualquier Cosa, en John, había sido la absoluta verdad. Realmente no lo estaba.
Eso no quería decir que todavía fuera el caso. Pero Sherlock no tenía
absolutamente ni idea de cómo hacer para decirle a John que había cambiado de
opinión. Bueno, no cambiado. Desarrollado.
Esta vez
estaba tumbado en el sofá. 04 a.m. Su cerebro produciendo ecuaciones,
esperando, deseando el momento en que su cabeza se apague y poder dejar de
pensar. Ese dulce momento cuando el equipo Holmes finalmente se apaga y puede
dormir un poco.
Sherlock nunca
soñaba. Tal vez si lo hubiera hecho, habría considerado el sueño como algo más
que un molesto subproducto de la necesidad de su cuerpo para funcionar. Incluso
podría haber soñado con John Watson. Pero en este momento no había más
incentivos que el cansancio para dormir.
John tuvo otra
pesadilla. Tan mala que esta vez al despertar no podía determinar dónde comenzaba
la realidad y terminaba el sueño. No pudo determinar exactamente si realmente
estaba tirado en un charco de rápido crecimiento de su propia sangre y vísceras,
o si estaba acostado en las sábanas empapadas con su propio sudor y orina. No era
la primera vez que pensaba en cómo despertaría si le pasara con Sarah. ¿Lo
entendería? ¿Estaría de acuerdo con la revelación de que el tranquilo, duro,
controlado John Watson era en realidad un pequeño niño asustado que sólo quería
que alguien le dijera que todo iba a estar mejor e inspeccionar debajo de su
cama por los monstruos? Probablemente no.
Sherlock se
hizo el dormido. Sabía por la forma en que John caminaba de puntillas por la
escalera y en la ducha lo que había sucedido. El modo en que John se había
deslizado a través de la sala de estar a la cocina y puso algo en la lavadora.
Pero ésta era una de esas ocasiones, al igual que el momento en que se dio
cuenta que John había matado al taxista atravesándole el corazón, en las que
Sherlock decide mantener sus pensamientos para sí mismo.
Oyó que John iba
de puntillas por las escaleras cuando hubo una pausa. Al cabo de un momento,
Sherlock se sintió suavemente cubierto con una manta. Y los pasos se alejaron,
ligeramente desiguales – la pierna de John siempre le molestaba cuando soñaba.
Y Sherlock
volvió a quedarse solo a excepción de una manta que olía ligeramente a la
loción de después del afeitado de John Watson. Esperando dormir.
Insomnio Cap. 4
Cap. IV Terrores nocturnos
Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.
A veces los terrores nocturnos de
John Watson sacan lo mejor de él. Cuando era niño tenían formas infantiles,
fantasmas, monstruos de tres ojos, vampiros, ranas gigantes. Producto de la
imaginación infantil y la televisión. Pero a medida que fue creciendo y la
inocencia de la infancia dio paso a los verdaderos horrores del mundo de los
adultos, los terrores nocturnos empeoraron. Cadáveres desmembrados, gritos, sangre,
rechazo a abandonar 20 años de medicina y vida militar. Los miedos privados a
morir, al dolor, a la soledad, que son enterrados profundamente en el corazón
más secreto de su mente.
Cuando salen a jugar por la
noche, como ha sido el caso en la mayor parte de su vida, John tiene que
enfrentarlos solo. Su madre, su simpática compañera de cuarto de la escuela de
medicina, incluso su hermana, ya no están allí con palabras tranquilizadoras y
suaves toques en el rostro. El precio de crecer es estar solo frente a tus
pesadillas.
Oye los pasos en la escalera
fuera de su habitación, justo en ese momento antes de lograr despertar. Ese
momento en el que se da cuenta que está agitando las sábanas empapadas en su
propio sudor y, a veces, para su vergüenza eterna, en su propia orina. Cuando
se da cuenta del horror vuelve de nuevo a su cabeza. Se da cuenta de que ha
estado gritando el nombre de un chico muerto que no pudo salvar durante diez
minutos. Gritando en la oscuridad. Gritando a la nada.
Él sabe que Sherlock está detrás
de la puerta. Él sabe que Sherlock nunca abrirá esa puerta, para caminar los
pocos pasos hasta la cama de John y aferrarse a él. Decirle que los sueños no
pueden hacerle daño. Alisar el cabello sudoroso de su cara y secar sus
lágrimas. Sabe que con Sherlock no funciona así. Pero sabe que Sherlock está
ahí. Él se quedará agazapado en el rellano hasta que escuche la respiración de
John superficial y calmada. Hasta que él sepa que John está dormido y seguro
una vez más. Y de alguna manera eso ayuda. No está solo.
Así que John puede dormir.
Insomnio Cap. 3
Cap. III La mañana
Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.
Sherlock había conseguido dos
horas de sueño antes de despertarse, debido al entumecimiento de su brazo. Por
un breve instante, mientras que la parte del cerebro de Sherlock que podría
considerarse normal aún estaba a cargo, pensó que podría haber tenido un
accidente cerebrovascular. Entonces la parte analítica de su cerebro pateó de
nuevo y se dio cuenta de que había perdido toda la sensibilidad en el brazo
porque John Watson había estado durmiendo en él. John era más pesado de lo que
parecía.
Con mucho cuidado sacó su brazo
muerto de detrás de la espalda de John, flexionando los dedos que parecían
estar hechos de plastilina, con la esperanza de conseguir de nuevo la
circulación en algún momento del futuro cercano. John continuó durmiendo, una pacífica
expresión suavizada en su cara. Con aún más cuidado se puso de pie, dejando a John
moverse hacia atrás hasta estar apoyado en el brazo del sofá. Sherlock se alejó
silenciosamente, como John se hundió contra las almohadas, probablemente
preguntándose dónde se había ido el calor.
Eran casi las seis de la mañana.
Las estrellas habían sido reemplazadas por las gloriosas llamas en ebullición
de color rosa y naranja que anunciaban el amanecer. Los edificios de la ciudad
brillaban y las calles comenzaban a llenarse de coches, la gente, las
multitudes de la temprana mañana. Sherlock no podía recordar cuántas veces
había visto esto. Todas y cada una de las veces mirando desde su ventana y
viéndolo todo. Ser capaz de mirar la ciudad que viene a la vida y desde la más
breve de las miradas, saber lo que iba a pasar, como si la ciudad y Sherlock
Holmes estuvieran unidos. Este era su momento, su propia ceremonia privada; el
amanecer era sólo para él. Pero de pronto sintió la imperiosa necesidad de mostrárselo
a John. Porque, ¿tal vez John lo entendería?
Una parte de él odiaba despertarlo.
Pero su otra parte no podía dejar de hacerlo.
"¿John?" Sacudió su
hombro suavemente.
"¿Uh?"
"John, despierta."
"¿Eh?" Se enterró
profundamente en el sofá.
"John. Por favor, despierta.
Necesito enseñarte algo." John se incorporó de repente. Sherlock apenas
logró evitar llenarse la boca de la parte superior de la cabeza de John.
"¿Qué te pasa?" John se
había inclinado del sofá. Listo para la acción.
"Yo quería mostrarte... Mira
por la ventana." Sherlock se sentía un poco tonto ahora, una emoción que
era un visitante raro al planeta Holmes.
John fue con la colcha hasta la
ventana, estirando la rigidez de sus músculos al caminar. Miró por la ventana.
Se hizo el silencio. No se movió. Sherlock ni siquiera podía estar seguro de que
siguieran respirando.
John se apartó de la ventana, con
una enorme sonrisa en su cara. Un rostro que los dedos del amanecer, el amanecer
Sherlock, fueron acariciando suavemente.
"Eso es increíble. ¡Brillante!"
se volvió hacia la ventana y la ciudad en llamas.
Estaban de pie uno al lado del
otro, mirando en silencio. Compartiendo en silencio. Al poco tiempo John se
volvió ligeramente y miró al hombre más alto.
"¿Sherlock? Realmente está
todo bien. Realmente." Y luego devolvió su atención a la ventana y al
despertar de la ciudad dormida.
Olaza de calor Cap. 10
Cap. X Un regalo inesperado
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- ¿Qué
demonios haces aquí? - preguntó Sherlock, más intrigado que molesto.
- Escuché
sobre el cumpleaños de John y quise regalarle algo, nada, una tontería.
Sherlock obvió
la retahíla y miró a John, buscando confirmación. Y la encontró.
- Pero no es
hasta dentro de unas horas - gritó el mayor al inspector, para que pudiese
oírle.
- Es que tengo
un caso y no podré estar por aquí entonces – dijo quitándose el sudor de la
frente con un pañuelo arrugado. - Ah, se me olvidaba... ¡Felicidades! - y se fue
en su coche a toda prisa, haciendo que la pequeña orquesta pusiera fin al
concierto.
Sherlock se
quedó mirando cómo el coche cogía la curva, aún pensativo.
- Vamos a
comer - dijo John dirigiéndole hasta la mesa.
- ¿Vas a
celebrarlo? - preguntó Sherlock removiendo la comida.
- No lo había
pensado. Hace mucho que no lo hago - contestó John, ofreciéndole una triste
sonrisa, pero el moreno seguía enfrascado en su mente.
- No tienes
que regalarme nada - le dijo cambiando su sonrisa a una más alegre.
- Qué... ah,
sí, ya... - respondió Sherlock levantando la cabeza por una fracción de segundo
y volviéndola a bajar de nuevo al plato.
John sacudió
la suya. Ahora no voy a poder quitarle esa
idea de la mente, pensó, no sin un poco de repentina ilusión.
- ¿No
vamos al caso? - preguntó el rubio intrigado.
- Es demasiado
fácil y hace mucho calor - respondió el moreno con un gesto al aire, mirando al
infinito.
John intentó reprimir
una sonrisa por el comentario, pero no pudo. Recogió los platos, y cuando
volvió de la cocina, Sherlock seguía en el mismo lugar, con la misma mirada
perdida.
- Sherlock -
le dijo acercándose a éste. - Sherlock – repitió cogiendo su cara con ambas
manos para llamar su atención.
El detective
despertó de su letargo, enfocando a John con dificultad.
- Vamos a la
cama - casi le susurró, y le llevó de la mano, ante la falta de iniciativa del
más alto.
John se acomodó
en su costado, y en segundos cayó rendido ante el sueño. Sherlock no podía dormir.
Qué regalarle, era el mantra que le
atormentaba.
Tras un largo
rato sin ninguna conclusión deseable, decidió preguntarle a la señora Hudson,
la sabia y siempre dispuesta casera,
y se separó con cuidado de John en dirección a la habitación de la misma.
Justo cuando
iba a tocar a la puerta, la señora Hudson entró con la compra.
- ¡Oh, hace un
calor insoportable ahí fuera! ¡La próxima vez pediré al supermercado que me
traiga los recados! - dijo en voz alta creyendo estar sola. - ¡Oh, Sherlock,
qué bueno verte! – dijo al verle, dedicándole una entrañable sonrisa y dándole
las bolsas para que la ayudara.
Sherlock no
tuvo ningún problema en ayudarla. Los años de convivencia y cuidados habían
hecho que le tomara algo así como cariño,
algo que hacía con muy pocas, casi ninguna, contadas personas… con John a la
cabeza.
Las dejó en la
cocina y fue directo al sofá del salón. Mientras ella lo colocaba todo, él
comenzó a hablar.
- Hoy es el
cumpleaños de John - dijo en un suspiro.
- Y no sabes
qué regalarle, ¿verdad? - se escuchó desde el umbral. La señora Hudson se sentó
junto a Sherlock.
- A ver si
puedo ayudarte - le dijo con una sonrisa. - ¿Qué le gusta?
Sherlock se
quedó pensando. Realmente no sabía los gustos de su compañero, con el que
pasaba las 24 horas del día.
- Ni idea. ¿La
química? - preguntó inocente.
- No, querido,
eso es a ti - le respondió con otra sonrisa. - No te preocupes tanto, sólo ve y
obsérvale. Seguro que lo descubres - dijo señalando el piso de arriba con la
cabeza.
Sherlock salió
de allí peor de lo que había entrado. Él era el mejor observando, pero aun así
en todo este tiempo no había visto… nada.
Se sentó en la
cama. Miraba, o más bien devoraba a John con la mirada. Pero seguía viendo la
misma nada. Las horas pasaban y él
seguía ahí, tumbado, de pie, en cuclillas, de rodillas, boca abajo…
- ¿Un suéter? No, tiene toda la tienda - suspiró.
Se alborotó el pelo, desesperado.
No encontraba nada perfecto para
John. Decidió mirar en el armario de éste.
- Suéteres, más suéteres... ¿para
qué querrá tantos?, un tarro de mermelada de fresa... esto parece el Tesco... -
rodó los ojos. Por fin sus manos dieron con algo. Era... era... ¡un avión de
madera!
Sherlock enarcó una ceja ante el
descubrimiento. Se veía antiguo, pero bien cuidado.
- Sólo es un recuerdo, Sherlock –
escuchó tristemente a su espalda.
El moreno se estremeció cuando
una firme mano se depositó en su hombro. Y el avión cayó, rompiéndose en dos
ante los ojos de ambos.
La mano de John cayó con él,
abandonando el hombro de su compañero para dirigirse hasta el suelo. Y Sherlock
lo supo, supo que un recuerdo se acababa de romper en su alma, y no pudo
soportarlo. Hizo una foto mental de
la maqueta y salió de la habitación a toda velocidad, pasando por la suya para
vestirse antes de salir a la calurosa calle.
John se quedó allí, recordando cómo
su padre le regaló ese avión, y cómo después ese hombre les abandonó. Empezó a
tener ganas de llorar, cuando la puerta se abrió...
- John, lo siento mucho. No pude
encontrar ninguno igual - dijo quitándose toda la ropa sudorosa y dejándola en
cualquier lugar. - Pero he encontrado uno parecido, espero que te guste - . Y
diciendo esto último empujó hasta el salón una enorme caja con un avión pintado
en un costado. Enorme sería quedarse corto. La caja ocupaba casi la mitad de la
habitación.
John no
pudo evitar empezar a reírse ante lo desproporcionado que era Sherlock cuando
compraba algo. Y esta risa sincera quitó un gran peso al detective en ese
momento.
Diez minutos más tarde…
- No es así, John. ¡Déjame
a mí! - decía Sherlock quitándole las piezas al rubio.
John suspiró ruidosamente.
Mientras tanto, la mente de Sherlock seguía buscando ese regalo perfecto.
Olaza de calor Cap. 9
Cap. IX Lo que faltaba
_____________________________________________________________________________
Entre
tanta risa y movimiento, las toallas cayeron, y Sherlock no desaprovechó la
oportunidad para recorrer el pecho de John bocado a bocado, hasta llegar a la
parte baja de su abdomen.
Y, adivinen
qué... llamaron a la puerta.
- ¡Joder! -
bramó Sherlock levantando la cabeza.
- ¡No pares! -
casi le ordenó John, poniéndole la mano en la nuca y haciéndole bajar de nuevo.
Sherlock siguió con lo que había empezado, comenzando a pasar su lengua por el
pene de John, estremeciéndose bajo su boca... Pero no paraban de aporrear la maldita puerta...
- ¡Pero quién
es, maldita sea! - gritaron al unísono mirando hacia la ventana, que, por
cierto, seguía abierta.
Y Sherlock se
acordó, con un ¡Oh!
- ¿Oh? ¿Cómo
qué oh? ¿Qué has hecho, Sherlock? -
demandó John, incorporándose y obligando así a que Sherlock también lo hiciera.
- El
repartidor del restaurante - dijo con gesto de por favor, no me mates.
- ¿El
repartidor? - gritó John tirándole un cojín.
- Lo siento -
contestó Sherlock con las manos juntas bajo su barbilla.
- ¿Qué lo
sientes? - siguió John, tirándole otro cojín.
- Lo siento,
lo siento, lo siento - siguió diciendo, poniendo esos ojos de niño bueno que
tan bien sabía poner.
John dio un
largo suspiro.
- Voy a
abrirle - dijo levantándose.
- ¿Puedes pagar?
No tengo suelto – apuntó, aún manteniendo esa mirada.
El rubio
volvió a suspirar profundamente antes de dirigirse hacia la puerta.
- ¡John! - se
escuchó desde la cama.
- ¿Sí? -
respondió el mayor volviéndose de mala gana.
Sherlock sólo
tuvo que señalarle por debajo de la cintura para que se diera cuenta de que aún
estaba desnudo.
Un poco
sonrojado, tras ver que había estado a punto de bajar así, cogió su bata del
perchero y se la puso de un movimiento. Pero antes de irse le volvió a tirar otro
cojín que se encontraba en el suelo, esta vez con una sonrisa.
Sherlock, al
verle bajar las escaleras, no pudo evitar sentir cómo sus labios se curvaban
hacia arriba. La próxima vez no le
dejaría solo en la ducha, pensó. Y fue a darse otra, fría, porque tanto calentón sin llegar al final de estaba matando.
- Sherlock, ¿qué
has comprado, comida para todo un regimiento? - preguntaba John subiendo las
escaleras, mientras miraba la factura.
Al llegar a la
habitación, Sherlock se había dormido de nuevo. Puso las bolsas sobre la mesa y
le miró. Le daba pena despertarle, pero si no lo hacía, no lo haría por propia
voluntad. Y menos aún para comer.
Decidió
hacerlo con tacto.
- Sherlock.
Sherlock, despierta - decía débilmente en su oído moviéndole el brazo con
suavidad.
Pero no
despertó. En su lugar le propinó una patada al girarse.
El rubio chocó
con la mesita de noche al caer, tirando la lámpara que la presidía y formando
un gran estruendo.
Sherlock se
despertó alterado. Al parecer, el accidente le había arrancado literalmente de
sus sueños.
- ¿Qué haces
en el suelo, John? - le preguntó, alargándole la mano.
- Me he caído
- dijo simplemente, cogiéndole la mano e impulsándose para levantarse. Pero no
contó con la fuerza de Sherlock.
Los pies de
John se levantaron del suelo, y fueron a parar alrededor de su compañero, junto
con su cuerpo.
- Espero que
no haya más interrupciones - dijo John, intentando ponerse serio.
- No por mi
parte, al menos - respondió Sherlock, más divertido, envolviéndolo con sus
brazos.
Una dulce
melodía empezó a escucharse desde la calle.
- ¿Has
contratado una orquesta? - preguntó John curioso.
- No que yo
sepa - respondió Sherlock, incorporándose y dirigiéndose hacia la ventana. John
le siguió, colocándole nervioso la toalla alrededor de la cintura y dejando ahí
su brazo, besándole el omoplato, mientras ambos divisaban el espectáculo.
- Realmente es
una orquesta - dijo el rubio con una sonrisa.
Sherlock
miraba suspicaz por la ventana, intentando descubrir de dónde había salido.
- Relájate y
disfruta - le pidió John desde su espalda. Era más un deseo, conociendo a
Sherlock.
No sabía cómo ni porqué habían llegado hasta allí
todos esos músicos, pero sí que quería que se quedasen.
De pronto,
un coche sospechoso apareció, y al abrirse la puerta salió alguien que,
francamente, no esperaban.
- ¡Lestrade! -
clamaron en una sola voz.
Olaza de calor Cap. 8
Cap. VIII Nuestra primera foto
_____________________________________________________________________________
Y sí. Era ya
de día cuando John se despertó, solo en la cama. Dio un largo suspiro. ¿Dónde estaría ahora? Sus pensamientos
se vieron interrumpidos por unos ruidos provenientes del tejado. Se dio cuenta,
entonces, que la ventana estaba abierta de par en par... Se asomó por ella,
mirando hacia arriba, a ver si había algo, cuando una cabeza apareció.
- Hola John -
le dijo sonriente.
- Sherlock, ¿qué
haces ahí? - preguntó el mayor interrogante.
- Un gato no
paraba de molestar y subí a ahuyentarlo.
- ¿Y dónde
está ahora ese gato? – preguntó enarcando una ceja.
- Lo he
ahuyentado, te lo acabo de decir.
- Sherlock...
– dijo entornando los ojos.
- ¡Vaale! –
contestó, poniendo los ojos en blanco. - Subí a jugar al fútbol, aquí hay más
espacio.
John casi
prefería al pobre gato.
- ¿Subes? -
dijo Sherlock señalando una gruesa cuerda que el rubio no había visto.
Asistió
brevemente, pero antes fue a ponerse algo encima, como un pijama, por ejemplo.
Cuando volvió,
comenzó a trepar, resultándole más difícil de lo que recordaba en el ejército.
Hasta que un tirón de su camiseta por parte de arriba le hizo subir directo y
caer de bruces.
- Ejem,
gracias - dijo abriendo mucho la boca por la cara un poco dolorida. Sherlock se
encontraba de pie frente a él, con unos pantalones arremangados hasta los
tobillos, y una camisa alzada hasta los codos. - ¿Y la pelota? – preguntó
volviendo a centrarse.
- En casa del
vecino - contestó el moreno, señalando la casa de detrás.
John levantó
los hombros y se tumbó sobre las tejas. No se estaba nada mal al solecito.
Sherlock hizo lo mismo. No pensaba ir a por el balón, y John lo sabía antes
siquiera de preguntar. Pero qué más daba. Se estaba tan a gusto...
- Sherlock,
creo que me estoy quemando...
- Ya, yo
también – respondió el moreno sin prestar atención.
- ¡Cómo yo
también! ¡Vamos, tira! ¡Siempre tengo que estar encima! ¡Será posible! –
farfullaba mientras le empujaba hasta la cuerda.
Sherlock se
deslizó por ella como si nada. Ahora era el turno de John...
Comenzó a
bajar con más temor a caerse que cuidado, intentando apoyarse en la pared, con
tal mala fortuna que, estando ya más cerca del suelo, pero aún algo lejos, sus
manos resbalaron, cayendo, por suerte, sobre un mullido seto.
Tras comprobar
que se encontraba bien, unos metros de desviación y no lo estaría tanto, fue a
tocar a la puerta para que le abrieran.
- Sherlock, ábreme
- gritó, después de llevar un rato tocando. La señora Hudson tampoco le abría. Estará con la vecina, pensó.
Siguió
llamando a Sherlock, ante la mirada curiosa de algunos transeúntes, que lo
único que consiguieron fue que John tocara más fuerte para poder entrar en
casa. Pero Sherlock no podía oírle aunque quisiera.
Tenía calor,
así que decidió darse una ducha. Y en ella seguía. Cuando decidió que estaba lo
suficientemente fresco, salió, y vio un montón de piedrecitas en la habitación
procedentes de la ventana. John se había dedicado a tirárselas, a ver si así le
abría de una vez, y seguía gritando.
Sherlock las
fue esquivando con cuidado de no cortarse hasta llegar a la ventana, por la que
vio a un John, cansado ya de golpear la
puerta, sentado en el escalón de la entrada.
John levantó
la vista, y al ver su cabeza mojada y un pedazo de la toalla de su cintura,
comprendió el motivo por el que había estado media larga hora esperando.
- Ábreme, anda
- le dijo con una sonrisa. No estaba enfadado, sólo cansado de llamar.
Sherlock bajó
deprisa las escaleras.
- ¿Qué haces
aquí? – le preguntó abriendo la puerta.
- Me he caído
- respondió John un poco avergonzado, pasando a su lado y subiendo las
escaleras con la cabeza agachada. El moreno levantó ambas cejas en señal de
falta de entendimiento.
Cuando volvió
a la habitación, John ya estaba en la ducha.
- ¿Llamo al
chino del final de la calle? - preguntó Sherlock, elevando la voz para que le oyera.
- ¡Vale! - se
escuchó a lo lejos.
Sherlock hizo
la llamada, aunque no le gustara llamar, pero como no aceptaban SMSs... qué anticuados - pensó, mientras cogía
la laptop de John.
En un
principio sólo quería cotillear un poco, pero acabó mirando la carpeta fotos. Y digo mirando porque no había ni
una sola foto que ver.
Al verlo con
su ordenador John no se sorprendió, estaba más que acostumbrado. Y se sentó en
la cama, a su lado.
- Sí, bueno,
no tengo mucho tiempo para hacer fotos... tampoco soy muy buen fotógrafo... -
se excusó un poco nervioso. Sherlock lo miraba, entre curioso y ¿apenado?
- Mira a la
cam, John. ¡Sonríe! - dijo mientras sacaba una foto. Pero a John no le dio
tiempo ni a mover un músculo.
- No has sonreído.
Hay que sonreír. Otra.
Pero esta vez
tampoco sonrió, pero porque no entendía nada.
- Ains, John.
Habrá que pasar al plan B - dijo mirándole fijamente.
- ¿Plan B? -
repitió el mayor, dudoso. ¿Cuál es el...?
No pudo
terminar la pregunta, porque Sherlock comenzó a hacerle cosquillas por todos
lados, mientras le daba al ordenador para hacer las fotos.
- ¡Sherlock,
para! - decía entre risas. Flash.
- ¡No quiero!
- contestaba riendo aún más si podía. Flash.
Flash. Flash. Flash. FLASH.
Olaza de calor Cap. 7
Cap. VII No nos dejan ni aburrirnos
_____________________________________________________________________________
Finalmente,
Sherlock consiguió sacar un enorme, no grande, enorme ventilador del interior
de la caja.
-
¿No había otro más grande? - dijo John abriendo los ojos, asombrado por el
tamaño del trasto.
- No, éste era
el más grande. Por qué, ¿es pequeño? – respondió Sherlock inocentemente, montando
el armatoste muy cerca de la cama, encendiéndolo y sentándose delante de él
abriendo la boca.
- No hagas
eso. Te vas a enfermar de la garganta, y luego me toca cuidarte a mí - dijo
John enfurruñado.
- ¡Sabes que
sin mí te aburrirías! - contestó Sherlock volviendo a abrir la boca frente al
ventilador, hasta que un golpe de tos le obligó a retirarse.
- Te lo advertí.
Se acabó el ventilador - gruñó John en tono paternal, apagándolo con brusquedad.
Sherlock se
dejó caer en la cama con desgana.
- ¡John, mira!
- Mmm...
John, que se
había tumbado de nuevo intentando dormir, se giró hacia su compañero.
- Periscopio
arriba, periscopio abajo, periscopio arriba...- decía Sherlock moviendo su pene
arriba y abajo.
- ¡Oh, sí que
estás aburrido! - bufó John sacudiendo la cabeza.- ¿Pero qué haces? - dijo con
un respingón.
Sherlock había
pasado de jugar con su miembro a jugar con el de John, que cada vez se ponía
más duro y rojo por la presión que la mano del moreno ejercía desde la boca del
estómago hasta la punta del prepucio.
- ¡Oh,
Sherlock! - bramó el rubio.
Sherlock lo
tomó como un sigue y no pares, y
aumentó la velocidad de su brazo, mientras se acercaba más a John, quién ahora
podía sentir la erección del más alto contra su pierna, junto con sus labios
perfectos recorriendo su hombro, dejando unas leves marcas rojas hasta uno de
sus pezones, que atrapó de un chupetón, haciendo que el ex-militar le cogiera
por las nalgas y lo colocara justo encima de él, provocándole un escalofrío al
roce de sus cuerpos.
Sherlock no
pudo evitar un gemido de placer que ni se molestó en amortiguar, atacando la clavícula
de John como si no hubiera un mañana, pero con cuidado de no dañarle. Luego su
cuello, su mandíbula, su boca...
- ¡Aaahhh! -
Sherlock lanzó un grito de dolor.
- ¿Qué pasa? ¿Qué
te ocurre? - preguntó John preocupado sin atreverse a moverse.
- La pierna,
la pierna... - era lo único que el moreno acertada a decir.
John miró las
dos piernas de Sherlock, y vio claramente que algo pasaba en una de ellas.
- Túmbate,
ven, con cuidado... - decía John, ayudándole a ponerse boca arriba para poder
actuar. Sherlock parecía colaborador… pero no se callaba. Todo no se podía
tener… John se giró hasta la mesita de noche, abrió el primer cajón y sacó una
cajita alargada.
- ¡Me
dueleeee! - siguió gimiendo Sherlock. - ¡Au! ¡Qué es eso! ¡Está frío! – Ya no
gritaba… pero preguntaba y preguntaba. Eso era buena señal. Se encontraba como
siempre.
- Es una crema
antinflamatoria. Se te ha montado el músculo. No es nada, se te pasará en un
rato. Esto te aliviará – le explicó con una pequeña sonrisa mientras se la
aplicaba en el muslo con un suave masaje, al ver que el más alto había dejado
de quejarse... por fin.
Cuando acabó,
John se lavó las manos con un jabón de alcohol que tenía en el mismo cajón.
- ¿Tienes un
hospital ahí dentro? - preguntó Sherlock medio adormilado de nuevo. Todavía no
había conseguido dormir ni dos horas.
- Soy médico y
te tengo como amigo, ¿tú qué crees? - respondió burlón, acomodándose a su lado.
Y volvió a taparlos, intentando dormir algo, pero se quedó en intento… de
nuevo.
- Pasa
Mycroft, que te vas a quedar sin oreja de tanto usarla - dijo Sherlock
tranquilamente. John se puso un poco nervioso, lo que no se arregló al ver entrar
al hombre del paraguas.
- Hola,
hermanito. Iba de camino a casa...
- Vives en el
otro extremo de la ciudad - dijo Sherlock secamente.
- Bueno, sólo
quería ver cómo os iba...- replicó con su sonrisa pícara.
John cada vez
estaba más tenso, e intentó incorporarse, pero Sherlock le detuvo y no dudó en
actuar. Sacó su móvil de alguna parte, tecleó a toda velocidad y volvió a
guardarlo.
- Bueno, ya
nos has visto, ahora cómprate un bosque y piérdete en él - siguió diciendo
Sherlock, desafiante.
Mycroft se
disponía a contestar cuando su móvil sonó.
- Claro. Te espero en Hyde Park a las 9:30 -
GL
- ¿Quién es,
Mycroft? - inquirió Sherlock con una risita maliciosa.
Mycroft le
lanzó una mirada de riña infantil, levantándose y saliendo por la puerta, no
sin antes despedirse de John con un educado hasta
pronto y una leve inclinación de cabeza.
- ¿Qué me he
perdido? - preguntó John aún fuera de lugar.
Sherlock le
enseñó la pantalla de su móvil.
- Cariño, ¿quieres que desayunemos juntos?
Dime hora y lugar - MH
John lo miró
con cara de ¿en serio, Mycroft y
Lestrade?
Sherlock
simplemente elevó los hombros, lo que provocó en el mayor una risa
incontrolada, que quiso amortiguar contra el omoplato de su compañero. Sherlock
encontró este gesto tan adorable que no dudó en plasmar un beso sobre la frente
de su amor. Porque ya no había duda. Eso era amor.
Acercó aún más
a John hacia sí, en un acto de protección, y cerró los ojos. John se sentía tan
a gusto en esa posición que el sueño pudo con él. La escena era merecedora de
una foto, por su belleza... y por lo que pudiera durar.
Olaza de calor Cap. 6
Cap. VI En mi casa hago lo que quiero, o lo
intento
_____________________________________________________________________________
Como si de una
llave de judo se tratara, John giró hasta colocarse encima, sobre el pecho del
moreno, sonriendo pícaramente ante sus gemidos de placer. De repente, su estómago
sonó estruendosamente, lo que provocó que Sherlock soltara una carcajada.
- ¿Tienes
hambre? - preguntó al mayor con una sonrisa aún en su rostro. - Mi cuerpo está
enseñado para comportarse...
Un sonido aún
más estruendoso sonó esta vez desde el estómago del moreno.
- ¿Decías? -
dijo John con burla.
- Un té solo
con dos azucarillos, gracias.
- ¡Qué cara
tienes! - respondió mientras buscaba sus calzoncillos. Al contrario que a su
compañero, a él no le gustaba pasearse desnudo por la casa.
- Te invito a
desayunar – siguió diciendo, levantándose hacia la ventana. Estaba de buen
humor, debido al mismo hombre que también parecía empeñarse en que no lo
estuviera.
Pero cuando
abrió la ventana de su habitación, una bofetada de calor le golpeó con fuerza.
- ¿Pero esto
no duraba dos días? - gritó exasperado hacia la calle, haciendo ladrar a un
perro que pasaba por allí. Cerró la ventana con resignación y volvió hasta la
cama.
- ¡No hace
falta que te levantes, sigue haciendo calorrrrr! - dijo dejándose caer en ella
boca arriba, cerrando los ojos, haciendo que el mayor retrocediera sus pies
instintivamente. Pero enseguida los volvió a dejar caer, sin importarle que la
cara de John estuviera debajo.
- ¡Quita,
quita de encima! - dijo éste intentando zafarse de las piernas.
- ¡Hazme un
té! – respondió el más alto, levantando las piernas y liberando por fin a John.
- ¡Voooy! - masculló
levantándose y dirigiéndose a la cocina. Estaba acostumbrado ya... a Sherlock.
Se puso su
bata encima, por si se cruzaba con la señora Hudson por el camino. No era plan
que lo viera en calzoncillos. Pero no la vio por ningún lado.
Cuando el té
estuvo listo, volvió con las dos tazas, encontrándose a Sherlock lo que parecía
dormido en el centro de la cama, estirado a más no poder, ocupándola por
completo. Al verlo, John sintió que tenía demasiado calor para beberse el té, y
para tener bata. Y mucho sueño. Al final no había dormido nada desde que se
despertó sobre Sherlock. Sonrió al recordarlo, y el susto que se llevó, lo que
le hizo desear sentir de nuevo el cuerpo del moreno bajo el suyo.
Decidió pues
quitarse la calurosa bata y acurrucarse a su lado, con la cabeza y los brazos sobre
el abdomen de su compañero. Ahora mismo agradecía ser más pequeño que Sherlock.
Las vistas no
podían ser mejores... el pene de Sherlock. John estaba encantado con lo que
veía, tanto que tuvo que taparle con la sábana hasta la cintura para poder
controlar su propia erección. Y ya de paso se tapó él, acercándose aún más,
aunque físicamente era imposible. Volteó la cara hacia la de Sherlock, - tan dulce se ve así… calladito - y así
se quedó dormido. Pero no le duró mucho el sueño...
- ¡Sherlock! -
gritó la señora Hudson desde el piso de abajo.
- ¡John! -
volvió a gritar.
- ¡Han traído
un paquete para vosotros! - seguía gritando.
Tales eran las
voces que despertaron al mayor, aunque el menor parecía no inmutarse.
- ¡Por qué
chillará tanto! ¡Si no bajamos será porque no podemos! ¡Qué estrés! - pensó
John, negándose a abrir los ojos. También pensó que la casera podría subir y
verles como estaban, juntos, sin ropa y bajo las sábanas, pero aun así no se
movió. - Estaba en su habitación y podía hacer lo que quisiera... - comenzó a
pensar, cuando la puerta se abrió sin llamar.
- No quiero
molestar...- dijo la señora Hudson atravesando el umbral.
- Pero sí
cotillear, que ni a la puerta toca... - pensaba John.
- Oh,
perdonad. No quería interrumpir. Ha venido esta caja para vosotros. Aquí os la
dejo. Ya os dejo... - dijo saliendo y cerrando la puerta tras ella.
- Pues para no
querer interrumpir bien que entra sin llamar - volvió a pensar John. La señora
Hudson era adorable... pero terriblemente cotilla, sobre todo con la señora
Turner.
- Yo creo que
hay algo entre ellas - pensó fugazmente.- ¡Oh, no! ¡Me estoy convirtiendo en un
cotilla! - rio casi para sí, abriendo los ojos.
- Creí que no
se iría nunca - dijo Sherlock incorporándose con los suyos bien abiertos y
dirigiéndose sin demora hacia la caja nueva, haciendo que John cayera sin
remedio sobre la cama, al quitarse de debajo.
- Más cuidado
- dijo frotándose un poco la cabeza. - ¡Creí que estabas dormido! - dijo volviéndose
hacia el moreno, que desembalaba la caja concentrado.
- Sólo
descansaba los ojos – dijo forcejeando con el celo.
- ¿Qué has
comprado esta vez? ¿Un corazón humano? - preguntó John enarcando una ceja.
- ¿Para qué
querría uno? Ya he encontrado el mío - . Sherlock dirigió sus ojos hacia la
cama al decir esto.
Y a John se le
iluminó tanto la cara en ese momento que si hubiera sido de noche habría
iluminado todo Londres.
lunes, 20 de agosto de 2012
Insomnio Cap. 2
Cap. II Confort
Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.
Las agujas del
reloj junto a la cama le dicen que es un poco más tarde de las tres de la
mañana. Un lento tic-tic, una mecha encendida eternamente dolorosa antes de la
explosión de la aurora.
Sherlock es
incapaz de quedarse allí por más tiempo. Serían sólo un par de horas hasta que
se levantara de todos modos, si se las arreglaba para dormir. No tiene sentido,
el sueño no vendrá. Por encima de él un leve crujido del techo le dice que John
se ha girado en la cama. Girado rápidamente. John está teniendo una pesadilla.
Se gira de nuevo, en el otro sentido. Sherlock sabe que estará cubierto de una
capa de sudor y en los rincones más profundos de su sueño su hombro estará
sangrando y hecho añicos. John sentirá dolor y miedo en su sueño. Él probará su
propia sangre y la muerte mientras se vuelve una y otra vez.
Sherlock se
levanta. Deseando saber cómo detener la pesadilla de John. Se pregunta si entrar
en la habitación de John ahora y sostenerlo con fuerza y mostrarle que era
sólo un sueño, si eso ayudaría, o si sólo empeoraría las cosas. Hace té. Se
sienta en el sofá y da unos sorbos.
El reloj de la
cocina lleva aquel ritmo fúnebre del dormitorio de Sherlock. Sólo han pasado
tres minutos. Cuatro minutos. Cinco Minutos. El mundo exterior está todavía
iluminado por las farolas y las estrellas, los cielos retoman la labor de las
bombillas de sodio cuando terminan. El universo es infinito y en realidad no
importa lo que gira en torno a qué. Todo lo que Sherlock quiere hacer es parar el
planeta y bajar.
La puerta se
abre. John camina en silencio por la sala de estar, sosteniendo su manta en la
mano, los ojos rojos de las lágrimas que ha llorado en su sueño. Se ve muy
pequeño y perdido.
"No puedo
dormir". Eso es una mentira. Él puede dormir, pero no sin los horrores en su
cabeza.
"Yo
tampoco" Esa es otra mentira. Sherlock puede dormir pero no quiere.
Se sientan uno
junto al otro en el sofá. Las agujas del reloj se mueven, más suavemente ahora.
Pasan otros diez minutos antes de que Sherlock note el sólido, cálido peso
contra su hombro. John está dormido, su respiración suave y constante. Sherlock
levanta su brazo y tira de John un poco más, el hombre más pequeño se hunde en
él. Lentamente Sherlock siente sus propios ojos cerrándose. Y en algún lugar en
el fondo sabe que ésta es una de esas cosas que John va a pensar que está bien.
Y así duermen.
Olaza de calor Cap. 5
Cap. V El libro de Sherlock
_____________________________________________________________________________
- ¿Qué pasa? ¿No es lo que
querías? - preguntó John desconcertado.
- Esto ha ido demasiado lejos. Se
nos ha ido de las manos - dijo Sherlock enfatizando con los brazos, con un
semblante propio de un caso.
- No, Sherlock. No te confundas.
Es a ti al que se le ha ido de las manos – dijo muy enfadado.
El moreno se le quedó mirando con
cara de asombro, cara que no tardó en disimular.
- Sé de sobra que me
infravaloras, no, déjame terminar - dijo alzando la mano ante la apertura de
boca del menor, que la volvió a cerrar.
- Sé de sobra que me
infravaloras, pero tanto... era evidente lo que pasaba por tu mente en cada
chupito, incluso antes de proponer siquiera el juego.
Sherlock estaba empezando a
ponerse nervioso. No había previsto que John descubriera su plan. ¿Tan ciego
estaba por ese hombre que estaba afectando a su capacidad mental?
El plan inicial era sencillo: Emborrachar a John para poder
besarle.
¿Por qué emborracharle?
Para que le costara más negarse. John podía ser muy cabezota a veces.
Además, Sherlock había leído que
el alcohol desinhibía y dejaba aflorar los verdaderos sentimientos. Y eso era
precisamente lo que quería saber de John, sus sentimientos... hacia él. Y de
paso aclarar los suyos hacia John. Además, si sólo bebía John resultaba
sospechoso.
¿Por qué besar a John?
Porque un beso, según había seguido leyendo, era una representación de amor. O
la antesala del sexo. Pero a ese capitulo no había llegado todavía. Se había quedado
en el del desnudo, justo como se encontraban ambos ahora mismo.
- Sherlock, no tiene gracia. Me
has utilizado para tu placer personal, y yo he entrado al trapo porque...
porque... no lo sé - dijo John nervioso, terminando la frase en un hilo de voz.
Le temblaban un poco las manos, pero intentó ocultarlo poniéndolas sobre las
rodillas. En el fondo se parecían más de lo que creían.
Pero Sherlock no se estaba
riendo. Ni siquiera estaba presente mentalmente.
- No puedes estar más equivocado,
mi querido John - pensó, y se fue decidido a su habitación, para volver a los
pocos minutos con una colección de libros bajo el brazo, soltándolos sobre la
cama de golpe.
- ¿Qué es esto? - preguntó John
curioso, cogiendo a continuación uno al azar y leyendo el título en voz alta.
- La penetración. El gran paso.
Miró a Sherlock, que le miraba
con ojos dudosos.
- No puedo negar la evidencia. Y
es evidente que te amo. Según esa colección lo que siento se llama amor.
- ¿Dónde pone eso? - preguntó
John dándole la vuelta al libro que tenía entre manos.
- No, no es ése - dijo Sherlock
relajando el rostro. - Es aquí. Y leyó para ambos:
Pulso acelerado, manos temblorosas, pupilas dilatadas, boca seca,
distracción... Si presentas estos síntomas en presencia de una persona de forma
continuada, entonces estás enamorado.
John cerró el libro y los ojos al
mismo tiempo. Esa descripción del amor… tan exacta a lo que sentía... por
Sherlock.
- Sherlock - dijo aclarándose la
voz.- Esta definición...
- ¿Qué le pasa? No es incorrecta...
- dijo el moreno interrumpiéndole, algo que no soportaba.
- Sherlock, te quiero, pero si me
sigues interrumpiendo...- y se dio cuenta de que acababa de confesárselo.
- ¡Entonces ya está! ¡Todo
solucionado! - dijo Sherlock sonriendo.
John no pudo evitar reírse.
Sherlock hacía la vida tan divertida... a veces.
Llevó su mano a la cara de
Sherlock, radiante, y juntó sus labios en un tierno y dulce beso. Aunque
supieran a whisky, a él le sabían a gloria.
Sherlock esbozo una linda
sonrisa. Tenía las endorfinas por las nubes.
- Bueno - dijo John volviendo a
aclararse la garganta. - ¿Por dónde te has quedado? - preguntó a Sherlock
mirando de nuevo los libros.
- Empezando La penetración. El gran paso - dijo dándole el libro con avidez.
John se sonrojó ligeramente al
verlo de nuevo.
- ¿Qué te parece si repasamos lo
anterior? - dijo el mayor quitando los libros de la cama.- Creo que nos
habíamos quedado por aquí...- dijo tumbándose boca arriba en una insinuante
posición.
La sonrisa de Sherlock se agrandó
aún más, y se lanzó como un tigre al cuello de John.
- ¿Vas bien? - le susurró el
rubio al oído.
- Perfecto - le respondió entre
besos el moreno.
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