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Ya en el aeropuerto de Valencia...
- Bueno, ¡bienvenido a España! Valencia
dijiste, ¿no? Muy bonito. Vaya, hace un poco de frío.
- Ya te dije, John, que no te
fiaras de los tópicos. Por eso, en vez de leer tu libro “Foreigners in Spain
one week” investigué por internet… y miré el Meteosat.
John sintió cómo la calidez le
envolvía. Era Sherlock, que se había quitado su chaqueta para cubrir ahora sus
hombros, porque no soporta verle pasar frío… ni calor, ni hambre… ni nada que
le lastime.
- ¿Co… cogemos un taxi? – dijo
John algo nervioso. – ¡Taxi!
- ¿Dónde les llevo? – preguntó un taxista un
tanto ansioso.
- Avenida de los Naranjos, por
favor. John se quedó pasmado. ¿Desde cuándo sabía Sherlock español? ¿Qué más no
sabía de Sherlock? Dejó de pensar en eso. La lista sería interminable.
- He leído en revistas de
divulgación que a mayor dominio del idioma menor es el timo por parte de los
taxistas – dijo en voz baja.
- Baje la primera a la derecha y
la segunda a la izquierda.
- ¿Te sabes el mapa de la ciudad?
Asombroso. Sherlock sonrió orgulloso.
- A 100 metros gire de nuevo a la
izquierda…
- ¿Si sabe cómo llegar por qué no
va en autobús, caballero? – respondió el taxista ante las continuas
indicaciones de Sherlock.
- Porque este tipo de transporte
es más cómodo, aunque puede que más caro, dependiendo de las ganas con las que
se haya levantado de tomarnos el pelo.
- ¡Mire! – gritó el taxista
exasperado. ¡Págueme la carrera, bájese del coche y desaparezca de mi vista!
Sherlock le pagó de mala gana y
salió como alma que lleva el diablo hacia algún lugar.
John sólo se limitó a seguirle.
No entendía nada, sólo hablaban en español, pero por las caras, y conociendo la
relación de Sherlock con los taxistas, el resto podía imaginárselo.
- Por algo
tengo que llamarles yo siempre – suspiró mientras caminaba a marcha forzada
para alcanzar al detective.
Por suerte el hotel no estaba muy
lejos.
- ¿Qué desean? – dijo un atento
recepcionista.
- Tenemos una reserva de siete
días a nombre de John Watson.
- Así es. Habitación 473. ¡Qué
pasen una buena estancia!
- Gracias – acerté a decir. No
entendía nada, sólo mi nombre. Esperaba que todo fuera bien.
- Todo va bien, John – dijo
Sherlock transmitiendo tanta tranquilidad que me quedé embobado.
- John, ¿subes o te quedas?
Sherlock ya se encontraba en el
ascensor.
- Subo, subo… - Bájate, bájate –
pensó sonrojado por la situación.
- ¿Qué te p…?
- ¡Nada! ¡Dale al botón! ¿Dónde
está la prisa? – dijo claramente nervioso.
- A veces me sorprendes, John…
pero otras no – dijo, con tal picardía que John tuvo que quitarse la chaqueta
de Sherlock, que aún llevaba puesta. Al hacerlo, tiró de la camisa lo
suficiente como para dejar ver un poco su abdomen.
Sherlock soltó un gruñido de
placer, y al darse cuenta, su pálido rostro se coloreó. Quiso disimularlo con
un golpe de tos, pero era demasiado tarde. John lo miraba con unos ojos
dudosos.
La puerta del ascensor se abrió y
el menor salió tan rápido que cuando John quiso darse cuenta ya estaba en el
baño de la habitación.
El mayor cogió la tarjeta de la
puerta - ¡Qué desastre de hombre! – pensó, y cerró la puerta tras él. Nada más
andar unos pasos…
- ¿Cama de matrimonio? Sherlock,
¿no especificaste dos camas? – gritó para que Sherlock le oyera desde el baño.
Sherlock se encontraba frente al
espejo, intentando calmarse.
- Cálmate, Sherlock, cálmate. Relájate,
eso es… ¡maldita sea, esto no funciona!
- ¿Me estás escuchando? – siguió
gritando John.
- No es el momento, John –
pensaba apoyado en el lavabo. No es para nada el momento de escuchar tu voz, tu
dulce voz... Aun cuando gritas me resulta tan hermosa… ¡Oh, no, no! ¡Esto no
funcionaaa! – siguió pensando empezando a desesperarse.
John desistió en el intento. En
algún momento tendría que salir. Entonces le cantaría las cuarenta.
Decidió tumbarse en la cama para
probarla. Estaba muy cansado y, bueno, ya que la tenía, sería un poco tonto
desaprovecharla.
Se quitó la ropa, ya sucia de
todo el viaje, y empezó a ponerse el pantalón del pijama, cuando Sherlock salió
del baño sólo con una toalla en la cintura.
Al verle, John perdió el
equilibrio y se dio de bruces contra el suelo. Suerte que era de parquet.

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