sábado, 8 de septiembre de 2012

Insomnio Cap. 6

Cap. VI Todo bien

Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.

John está en su tercera pesadilla en dos horas. Sherlock se sienta, abrazando su pijama por las rodillas en el tramo de escaleras que conducen a la habitación de John. Se sienta en silencio, escuchando, casi sin respirar, oyendo cada giro que John hace en la cama, cada pequeño grito, cada inhalación brusca. De alguna manera, él sabe que éste es el peor sueño que John ha tenido desde hace mucho.

Durante el día, cuando está corriendo al lado de Sherlock, las pesadillas, los monstruos infantiles, las inseguridades adultas, sólo no son lo suficientemente rápidas. Pero por la noche, cuando está solo en la quietud del sueño, lo alcanzan.

Finalmente Sherlock escucha a John gritar. Un sollozo, voz tosca que no suena como John en absoluto. Una vez que le hizo una pregunta, este grito de por la Noche fue su respuesta.

"Oh Dios, por favor déjame vivir". Y Sherlock sabe lo que John está soñando. Y sabe que sólo tiene que abrir la puerta y detenerlo.

John está acurrucado como una bola, con los brazos protectoramente sobre su cabeza. Su camiseta se pegó a su cuerpo por el sudor, el cabello pegado a su cuero cabelludo como si acabara de salir de la ducha. Como Sherlock pone sus brazos alrededor de él puede oír, sentir, el corazón de John latiendo contra sus costillas, mientras sube y baja entre sollozantes bocanadas de aire.

"¿John? John, está bien. Fue sólo un mal sueño." John se desenrolla y mira a Sherlock, sus ojos todavía no focalizan completamente, todavía tratando de encontrar la realidad en las ruinas de su pesadilla. Lentamente traga y asiente y entonces baja la mirada, sus ojos de repente se llenan de vergüenza.

"¿Por qué no vas y tomas una ducha?"

John termina su ducha, lavando el olor de sus sueños lejanos y sustituyéndolo por el supuesto olor a selva. Al salir del cuarto de baño su dedo del pie topa con algo suave en el suelo. Limpia los pantalones del pijama, los únicos con las caras sonrientes.

Sherlock está tendido en el sofá, inmóvil y pálido como un mármol Elgin.

"Erm... ¿gracias?" John aún está avergonzado, sin saber qué lata de gusanos deductivos está abriendo el cerebro Holmes acerca de él.

"Todo bien John, todo, está todo bien." Sherlock sonríe y cierra los ojos. "Duerme un poco."

Insomnio Cap. 5

Cap. V La manta

Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.

Cuando Sherlock se sentó en Angelo’s esa primera noche y le dijo a John que él no estaba interesado en Las Mujeres, en Los Hombres, en Variaciones de los Mismos, en Cualquier Cosa, en John, había sido la absoluta verdad. Realmente no lo estaba. Eso no quería decir que todavía fuera el caso. Pero Sherlock no tenía absolutamente ni idea de cómo hacer para decirle a John que había cambiado de opinión. Bueno, no cambiado. Desarrollado.

Esta vez estaba tumbado en el sofá. 04 a.m. Su cerebro produciendo ecuaciones, esperando, deseando el momento en que su cabeza se apague y poder dejar de pensar. Ese dulce momento cuando el equipo Holmes finalmente se apaga y puede dormir un poco.

Sherlock nunca soñaba. Tal vez si lo hubiera hecho, habría considerado el sueño como algo más que un molesto subproducto de la necesidad de su cuerpo para funcionar. Incluso podría haber soñado con John Watson. Pero en este momento no había más incentivos que el cansancio para dormir.

John tuvo otra pesadilla. Tan mala que esta vez al despertar no podía determinar dónde comenzaba la realidad y terminaba el sueño. No pudo determinar exactamente si realmente estaba tirado en un charco de rápido crecimiento de su propia sangre y vísceras, o si estaba acostado en las sábanas empapadas con su propio sudor y orina. No era la primera vez que pensaba en cómo despertaría si le pasara con Sarah. ¿Lo entendería? ¿Estaría de acuerdo con la revelación de que el tranquilo, duro, controlado John Watson era en realidad un pequeño niño asustado que sólo quería que alguien le dijera que todo iba a estar mejor e inspeccionar debajo de su cama por los monstruos? Probablemente no.

Sherlock se hizo el dormido. Sabía por la forma en que John caminaba de puntillas por la escalera y en la ducha lo que había sucedido. El modo en que John se había deslizado a través de la sala de estar a la cocina y puso algo en la lavadora. Pero ésta era una de esas ocasiones, al igual que el momento en que se dio cuenta que John había matado al taxista atravesándole el corazón, en las que Sherlock decide mantener sus pensamientos para sí mismo.

Oyó que John iba de puntillas por las escaleras cuando hubo una pausa. Al cabo de un momento, Sherlock se sintió suavemente cubierto con una manta. Y los pasos se alejaron, ligeramente desiguales – la pierna de John siempre le molestaba cuando soñaba.

Y Sherlock volvió a quedarse solo a excepción de una manta que olía ligeramente a la loción de después del afeitado de John Watson. Esperando dormir.

Insomnio Cap. 4

Cap. IV Terrores nocturnos

Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.

A veces los terrores nocturnos de John Watson sacan lo mejor de él. Cuando era niño tenían formas infantiles, fantasmas, monstruos de tres ojos, vampiros, ranas gigantes. Producto de la imaginación infantil y la televisión. Pero a medida que fue creciendo y la inocencia de la infancia dio paso a los verdaderos horrores del mundo de los adultos, los terrores nocturnos empeoraron. Cadáveres desmembrados, gritos, sangre, rechazo a abandonar 20 años de medicina y vida militar. Los miedos privados a morir, al dolor, a la soledad, que son enterrados profundamente en el corazón más secreto de su mente.

Cuando salen a jugar por la noche, como ha sido el caso en la mayor parte de su vida, John tiene que enfrentarlos solo. Su madre, su simpática compañera de cuarto de la escuela de medicina, incluso su hermana, ya no están allí con palabras tranquilizadoras y suaves toques en el rostro. El precio de crecer es estar solo frente a tus pesadillas.

Oye los pasos en la escalera fuera de su habitación, justo en ese momento antes de lograr despertar. Ese momento en el que se da cuenta que está agitando las sábanas empapadas en su propio sudor y, a veces, para su vergüenza eterna, en su propia orina. Cuando se da cuenta del horror vuelve de nuevo a su cabeza. Se da cuenta de que ha estado gritando el nombre de un chico muerto que no pudo salvar durante diez minutos. Gritando en la oscuridad. Gritando a la nada.

Él sabe que Sherlock está detrás de la puerta. Él sabe que Sherlock nunca abrirá esa puerta, para caminar los pocos pasos hasta la cama de John y aferrarse a él. Decirle que los sueños no pueden hacerle daño. Alisar el cabello sudoroso de su cara y secar sus lágrimas. Sabe que con Sherlock no funciona así. Pero sabe que Sherlock está ahí. Él se quedará agazapado en el rellano hasta que escuche la respiración de John superficial y calmada. Hasta que él sepa que John está dormido y seguro una vez más. Y de alguna manera eso ayuda. No está solo.

Así que John puede dormir.


Insomnio Cap. 3

Cap. III La mañana

Traducción autorizada de Insomnia de Damagoed.

Sherlock había conseguido dos horas de sueño antes de despertarse, debido al entumecimiento de su brazo. Por un breve instante, mientras que la parte del cerebro de Sherlock que podría considerarse normal aún estaba a cargo, pensó que podría haber tenido un accidente cerebrovascular. Entonces la parte analítica de su cerebro pateó de nuevo y se dio cuenta de que había perdido toda la sensibilidad en el brazo porque John Watson había estado durmiendo en él. John era más pesado de lo que parecía.
Con mucho cuidado sacó su brazo muerto de detrás de la espalda de John, flexionando los dedos que parecían estar hechos de plastilina, con la esperanza de conseguir de nuevo la circulación en algún momento del futuro cercano. John continuó durmiendo, una pacífica expresión suavizada en su cara. Con aún más cuidado se puso de pie, dejando a John moverse hacia atrás hasta estar apoyado en el brazo del sofá. Sherlock se alejó silenciosamente, como John se hundió contra las almohadas, probablemente preguntándose dónde se había ido el calor.
Eran casi las seis de la mañana. Las estrellas habían sido reemplazadas por las gloriosas llamas en ebullición de color rosa y naranja que anunciaban el amanecer. Los edificios de la ciudad brillaban y las calles comenzaban a llenarse de coches, la gente, las multitudes de la temprana mañana. Sherlock no podía recordar cuántas veces había visto esto. Todas y cada una de las veces mirando desde su ventana y viéndolo todo. Ser capaz de mirar la ciudad que viene a la vida y desde la más breve de las miradas, saber lo que iba a pasar, como si la ciudad y Sherlock Holmes estuvieran unidos. Este era su momento, su propia ceremonia privada; el amanecer era sólo para él. Pero de pronto sintió la imperiosa necesidad de mostrárselo a John. Porque, ¿tal vez John lo entendería?
Una parte de él odiaba despertarlo. Pero su otra parte no podía dejar de hacerlo.
"¿John?" Sacudió su hombro suavemente.
"¿Uh?"
"John, despierta."
"¿Eh?" Se enterró profundamente en el sofá.
"John. Por favor, despierta. Necesito enseñarte algo." John se incorporó de repente. Sherlock apenas logró evitar llenarse la boca de la parte superior de la cabeza de John.
"¿Qué te pasa?" John se había inclinado del sofá. Listo para la acción.
"Yo quería mostrarte... Mira por la ventana." Sherlock se sentía un poco tonto ahora, una emoción que era un visitante raro al planeta Holmes.
John fue con la colcha hasta la ventana, estirando la rigidez de sus músculos al caminar. Miró por la ventana. Se hizo el silencio. No se movió. Sherlock ni siquiera podía estar seguro de que siguieran respirando.
John se apartó de la ventana, con una enorme sonrisa en su cara. Un rostro que los dedos del amanecer, el amanecer Sherlock, fueron acariciando suavemente.
"Eso es increíble. ¡Brillante!" se volvió hacia la ventana y la ciudad en llamas.
Estaban de pie uno al lado del otro, mirando en silencio. Compartiendo en silencio. Al poco tiempo John se volvió ligeramente y miró al hombre más alto.
"¿Sherlock? Realmente está todo bien. Realmente." Y luego devolvió su atención a la ventana y al despertar de la ciudad dormida.

Olaza de calor Cap. 10

Cap. X Un regalo inesperado
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- ¿Qué demonios haces aquí? - preguntó Sherlock, más intrigado que molesto.
- Escuché sobre el cumpleaños de John y quise regalarle algo, nada, una tontería.
Sherlock obvió la retahíla y miró a John, buscando confirmación. Y la encontró.
- Pero no es hasta dentro de unas horas - gritó el mayor al inspector, para que pudiese oírle.
- Es que tengo un caso y no podré estar por aquí entonces – dijo quitándose el sudor de la frente con un pañuelo arrugado. - Ah, se me olvidaba... ¡Felicidades! - y se fue en su coche a toda prisa, haciendo que la pequeña orquesta pusiera fin al concierto.
Sherlock se quedó mirando cómo el coche cogía la curva, aún pensativo.
- Vamos a comer - dijo John dirigiéndole hasta la mesa.

- ¿Vas a celebrarlo? - preguntó Sherlock removiendo la comida.
- No lo había pensado. Hace mucho que no lo hago - contestó John, ofreciéndole una triste sonrisa, pero el moreno seguía enfrascado en su mente.
- No tienes que regalarme nada - le dijo cambiando su sonrisa a una más alegre.
- Qué... ah, sí, ya... - respondió Sherlock levantando la cabeza por una fracción de segundo y volviéndola a bajar de nuevo al plato.
John sacudió la suya. Ahora no voy a poder quitarle esa idea de la mente, pensó, no sin un poco de repentina ilusión.

- ¿No vamos al caso? - preguntó el rubio intrigado.
- Es demasiado fácil y hace mucho calor - respondió el moreno con un gesto al aire, mirando al infinito.
John intentó reprimir una sonrisa por el comentario, pero no pudo. Recogió los platos, y cuando volvió de la cocina, Sherlock seguía en el mismo lugar, con la misma mirada perdida.

- Sherlock - le dijo acercándose a éste. - Sherlock – repitió cogiendo su cara con ambas manos para llamar su atención.
El detective despertó de su letargo, enfocando a John con dificultad.
- Vamos a la cama - casi le susurró, y le llevó de la mano, ante la falta de iniciativa del más alto.
John se acomodó en su costado, y en segundos cayó rendido ante el sueño. Sherlock no podía dormir. Qué regalarle, era el mantra que le atormentaba.
Tras un largo rato sin ninguna conclusión deseable, decidió preguntarle a la señora Hudson, la sabia y siempre dispuesta casera, y se separó con cuidado de John en dirección a la habitación de la misma.
Justo cuando iba a tocar a la puerta, la señora Hudson entró con la compra.
- ¡Oh, hace un calor insoportable ahí fuera! ¡La próxima vez pediré al supermercado que me traiga los recados! - dijo en voz alta creyendo estar sola. - ¡Oh, Sherlock, qué bueno verte! – dijo al verle, dedicándole una entrañable sonrisa y dándole las bolsas para que la ayudara.
Sherlock no tuvo ningún problema en ayudarla. Los años de convivencia y cuidados habían hecho que le tomara algo así como cariño, algo que hacía con muy pocas, casi ninguna, contadas personas… con John a la cabeza.
Las dejó en la cocina y fue directo al sofá del salón. Mientras ella lo colocaba todo, él comenzó a hablar.
- Hoy es el cumpleaños de John - dijo en un suspiro.
- Y no sabes qué regalarle, ¿verdad? - se escuchó desde el umbral. La señora Hudson se sentó junto a Sherlock.
- A ver si puedo ayudarte - le dijo con una sonrisa. - ¿Qué le gusta?
Sherlock se quedó pensando. Realmente no sabía los gustos de su compañero, con el que pasaba las 24 horas del día.
- Ni idea. ¿La química? - preguntó inocente.
- No, querido, eso es a ti - le respondió con otra sonrisa. - No te preocupes tanto, sólo ve y obsérvale. Seguro que lo descubres - dijo señalando el piso de arriba con la cabeza.
Sherlock salió de allí peor de lo que había entrado. Él era el mejor observando, pero aun así en todo este tiempo no había visto… nada.
Se sentó en la cama. Miraba, o más bien devoraba a John con la mirada. Pero seguía viendo la misma nada. Las horas pasaban y él seguía ahí, tumbado, de pie, en cuclillas, de rodillas, boca abajo…

- ¿Un suéter? No, tiene toda la tienda - suspiró.
Se alborotó el pelo, desesperado. No encontraba nada perfecto para John. Decidió mirar en el armario de éste.
- Suéteres, más suéteres... ¿para qué querrá tantos?, un tarro de mermelada de fresa... esto parece el Tesco... - rodó los ojos. Por fin sus manos dieron con algo. Era... era... ¡un avión de madera!
Sherlock enarcó una ceja ante el descubrimiento. Se veía antiguo, pero bien cuidado.
- Sólo es un recuerdo, Sherlock – escuchó tristemente a su espalda.
El moreno se estremeció cuando una firme mano se depositó en su hombro. Y el avión cayó, rompiéndose en dos ante los ojos de ambos.
La mano de John cayó con él, abandonando el hombro de su compañero para dirigirse hasta el suelo. Y Sherlock lo supo, supo que un recuerdo se acababa de romper en su alma, y no pudo soportarlo. Hizo una foto mental de la maqueta y salió de la habitación a toda velocidad, pasando por la suya para vestirse antes de salir a la calurosa calle.
John se quedó allí, recordando cómo su padre le regaló ese avión, y cómo después ese hombre les abandonó. Empezó a tener ganas de llorar, cuando la puerta se abrió...
- John, lo siento mucho. No pude encontrar ninguno igual - dijo quitándose toda la ropa sudorosa y dejándola en cualquier lugar. - Pero he encontrado uno parecido, espero que te guste - . Y diciendo esto último empujó hasta el salón una enorme caja con un avión pintado en un costado. Enorme sería quedarse corto. La caja ocupaba casi la mitad de la habitación.
John no pudo evitar empezar a reírse ante lo desproporcionado que era Sherlock cuando compraba algo. Y esta risa sincera quitó un gran peso al detective en ese momento.


Diez minutos más tarde…

- No es así, John. ¡Déjame a mí! - decía Sherlock quitándole las piezas al rubio.
John suspiró ruidosamente. Mientras tanto, la mente de Sherlock seguía buscando ese regalo perfecto.

Olaza de calor Cap. 9

Cap. IX Lo que faltaba
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Entre tanta risa y movimiento, las toallas cayeron, y Sherlock no desaprovechó la oportunidad para recorrer el pecho de John bocado a bocado, hasta llegar a la parte baja de su abdomen.
Y, adivinen qué... llamaron a la puerta.
- ¡Joder! - bramó Sherlock levantando la cabeza.
- ¡No pares! - casi le ordenó John, poniéndole la mano en la nuca y haciéndole bajar de nuevo. Sherlock siguió con lo que había empezado, comenzando a pasar su lengua por el pene de John, estremeciéndose bajo su boca... Pero no paraban de aporrear la maldita puerta...
- ¡Pero quién es, maldita sea! - gritaron al unísono mirando hacia la ventana, que, por cierto, seguía abierta.
Y Sherlock se acordó, con un ¡Oh!
- ¿Oh? ¿Cómo qué oh? ¿Qué has hecho, Sherlock? - demandó John, incorporándose y obligando así a que Sherlock también lo hiciera.
- El repartidor del restaurante - dijo con gesto de por favor, no me mates.
- ¿El repartidor? - gritó John tirándole un cojín.
- Lo siento - contestó Sherlock con las manos juntas bajo su barbilla.
- ¿Qué lo sientes? - siguió John, tirándole otro cojín.
- Lo siento, lo siento, lo siento - siguió diciendo, poniendo esos ojos de niño bueno que tan bien sabía poner.

John dio un largo suspiro.
- Voy a abrirle - dijo levantándose.
- ¿Puedes pagar? No tengo suelto – apuntó, aún manteniendo esa mirada.
El rubio volvió a suspirar profundamente antes de dirigirse hacia la puerta.
- ¡John! - se escuchó desde la cama.
- ¿Sí? - respondió el mayor volviéndose de mala gana.
Sherlock sólo tuvo que señalarle por debajo de la cintura para que se diera cuenta de que aún estaba desnudo.
Un poco sonrojado, tras ver que había estado a punto de bajar así, cogió su bata del perchero y se la puso de un movimiento. Pero antes de irse le volvió a tirar otro cojín que se encontraba en el suelo, esta vez con una sonrisa.
Sherlock, al verle bajar las escaleras, no pudo evitar sentir cómo sus labios se curvaban hacia arriba. La próxima vez no le dejaría solo en la ducha, pensó. Y fue a darse otra, fría, porque tanto calentón sin llegar al final de estaba matando.
- Sherlock, ¿qué has comprado, comida para todo un regimiento? - preguntaba John subiendo las escaleras, mientras miraba la factura.
Al llegar a la habitación, Sherlock se había dormido de nuevo. Puso las bolsas sobre la mesa y le miró. Le daba pena despertarle, pero si no lo hacía, no lo haría por propia voluntad. Y menos aún para comer.
Decidió hacerlo con tacto.
- Sherlock. Sherlock, despierta - decía débilmente en su oído moviéndole el brazo con suavidad.
Pero no despertó. En su lugar le propinó una patada al girarse.
El rubio chocó con la mesita de noche al caer, tirando la lámpara que la presidía y formando un gran estruendo.
Sherlock se despertó alterado. Al parecer, el accidente le había arrancado literalmente de sus sueños.
- ¿Qué haces en el suelo, John? - le preguntó, alargándole la mano.
- Me he caído - dijo simplemente, cogiéndole la mano e impulsándose para levantarse. Pero no contó con la fuerza de Sherlock.
Los pies de John se levantaron del suelo, y fueron a parar alrededor de su compañero, junto con su cuerpo.
- Espero que no haya más interrupciones - dijo John, intentando ponerse serio.
- No por mi parte, al menos - respondió Sherlock, más divertido, envolviéndolo con sus brazos.

Una dulce melodía empezó a escucharse desde la calle.

- ¿Has contratado una orquesta? - preguntó John curioso.
- No que yo sepa - respondió Sherlock, incorporándose y dirigiéndose hacia la ventana. John le siguió, colocándole nervioso la toalla alrededor de la cintura y dejando ahí su brazo, besándole el omoplato, mientras ambos divisaban el espectáculo.
- Realmente es una orquesta - dijo el rubio con una sonrisa.
Sherlock miraba suspicaz por la ventana, intentando descubrir de dónde había salido.
- Relájate y disfruta - le pidió John desde su espalda. Era más un deseo, conociendo a Sherlock.
No sabía cómo ni porqué habían llegado hasta allí todos esos músicos, pero sí que quería que se quedasen.
De pronto, un coche sospechoso apareció, y al abrirse la puerta salió alguien que, francamente, no esperaban.
- ¡Lestrade! - clamaron en una sola voz.

Olaza de calor Cap. 8

Cap. VIII Nuestra primera foto
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Y sí. Era ya de día cuando John se despertó, solo en la cama. Dio un largo suspiro. ¿Dónde estaría ahora? Sus pensamientos se vieron interrumpidos por unos ruidos provenientes del tejado. Se dio cuenta, entonces, que la ventana estaba abierta de par en par... Se asomó por ella, mirando hacia arriba, a ver si había algo, cuando una cabeza apareció.
- Hola John - le dijo sonriente.
- Sherlock, ¿qué haces ahí? - preguntó el mayor interrogante.
- Un gato no paraba de molestar y subí a ahuyentarlo.
- ¿Y dónde está ahora ese gato? – preguntó enarcando una ceja.
- Lo he ahuyentado, te lo acabo de decir.
- Sherlock... – dijo entornando los ojos.
- ¡Vaale! – contestó, poniendo los ojos en blanco. - Subí a jugar al fútbol, aquí hay más espacio.
John casi prefería al pobre gato.

- ¿Subes? - dijo Sherlock señalando una gruesa cuerda que el rubio no había visto.
Asistió brevemente, pero antes fue a ponerse algo encima, como un pijama, por ejemplo.
Cuando volvió, comenzó a trepar, resultándole más difícil de lo que recordaba en el ejército. Hasta que un tirón de su camiseta por parte de arriba le hizo subir directo y caer de bruces.

- Ejem, gracias - dijo abriendo mucho la boca por la cara un poco dolorida. Sherlock se encontraba de pie frente a él, con unos pantalones arremangados hasta los tobillos, y una camisa alzada hasta los codos. - ¿Y la pelota? – preguntó volviendo a centrarse.
- En casa del vecino - contestó el moreno, señalando la casa de detrás.
John levantó los hombros y se tumbó sobre las tejas. No se estaba nada mal al solecito. Sherlock hizo lo mismo. No pensaba ir a por el balón, y John lo sabía antes siquiera de preguntar. Pero qué más daba. Se estaba tan a gusto...

- Sherlock, creo que me estoy quemando...
- Ya, yo también – respondió el moreno sin prestar atención.
- ¡Cómo yo también! ¡Vamos, tira! ¡Siempre tengo que estar encima! ¡Será posible! – farfullaba mientras le empujaba hasta la cuerda.
Sherlock se deslizó por ella como si nada. Ahora era el turno de John...

Comenzó a bajar con más temor a caerse que cuidado, intentando apoyarse en la pared, con tal mala fortuna que, estando ya más cerca del suelo, pero aún algo lejos, sus manos resbalaron, cayendo, por suerte, sobre un mullido seto.
Tras comprobar que se encontraba bien, unos metros de desviación y no lo estaría tanto, fue a tocar a la puerta para que le abrieran.
- Sherlock, ábreme - gritó, después de llevar un rato tocando. La señora Hudson tampoco le abría. Estará con la vecina, pensó.
Siguió llamando a Sherlock, ante la mirada curiosa de algunos transeúntes, que lo único que consiguieron fue que John tocara más fuerte para poder entrar en casa. Pero Sherlock no podía oírle aunque quisiera.
Tenía calor, así que decidió darse una ducha. Y en ella seguía. Cuando decidió que estaba lo suficientemente fresco, salió, y vio un montón de piedrecitas en la habitación procedentes de la ventana. John se había dedicado a tirárselas, a ver si así le abría de una vez, y seguía gritando.
Sherlock las fue esquivando con cuidado de no cortarse hasta llegar a la ventana, por la que vio a un John,  cansado ya de golpear la puerta, sentado en el escalón de la entrada.
John levantó la vista, y al ver su cabeza mojada y un pedazo de la toalla de su cintura, comprendió el motivo por el que había estado media larga hora esperando.
- Ábreme, anda - le dijo con una sonrisa. No estaba enfadado, sólo cansado de llamar.
Sherlock bajó deprisa las escaleras.
- ¿Qué haces aquí? – le preguntó abriendo la puerta.
- Me he caído - respondió John un poco avergonzado, pasando a su lado y subiendo las escaleras con la cabeza agachada. El moreno levantó ambas cejas en señal de falta de entendimiento.
Cuando volvió a la habitación, John ya estaba en la ducha.
- ¿Llamo al chino del final de la calle? - preguntó Sherlock, elevando la voz para que le oyera.
- ¡Vale! - se escuchó a lo lejos.

Sherlock hizo la llamada, aunque no le gustara llamar, pero como no aceptaban SMSs... qué anticuados - pensó, mientras cogía la laptop de John.
En un principio sólo quería cotillear un poco, pero acabó mirando la carpeta fotos. Y digo mirando porque no había ni una sola foto que ver.
Al verlo con su ordenador John no se sorprendió, estaba más que acostumbrado. Y se sentó en la cama, a su lado.
- Sí, bueno, no tengo mucho tiempo para hacer fotos... tampoco soy muy buen fotógrafo... - se excusó un poco nervioso. Sherlock lo miraba, entre curioso y ¿apenado?
- Mira a la cam, John. ¡Sonríe! - dijo mientras sacaba una foto. Pero a John no le dio tiempo ni a mover un músculo.
- No has sonreído. Hay que sonreír. Otra.
Pero esta vez tampoco sonrió, pero porque no entendía nada.
- Ains, John. Habrá que pasar al plan B - dijo mirándole fijamente.
- ¿Plan B? - repitió el mayor, dudoso. ¿Cuál es el...?
No pudo terminar la pregunta, porque Sherlock comenzó a hacerle cosquillas por todos lados, mientras le daba al ordenador para hacer las fotos.
- ¡Sherlock, para! - decía entre risas. Flash.
- ¡No quiero! - contestaba riendo aún más si podía. Flash. Flash. Flash. Flash. FLASH.
Kawaii Cute Kaoani Writing Poem